Cada pequeña muerte

Desde la orilla
cala más profundo el filo de las ausencias.
Entonces, me adentro
para que la temperatura del agua
me pegue en el cuerpo
y no en la puerta de mis carencias.

Cada zambullida es un deceso,
una parálisis imperceptible
que se va a sentir en cada centímetro de la piel,
pequeñas muertes poco placenteras
que se atrincheran en la bocha
y se expanden al volver a estar en contacto
con la superficie.

El cuerpo sigue en movimiento
avanzado con todo el peso del frío
en dirección al horizonte.
Y el sol se siente bien a esta hora del día.
Por las dudas, me cuida las espaldas
ahora que los deseos se tropiezan
cada dos por tres con las inseguridades.

Hace tiempo mirar atrás se volvió una trampa.
Implica aceptar, una vez más,
que tengo que seguir haciendo malabares
con lo poco que me queda en los bolsillos.

Y ya no tengo ganas de especular.

Por eso, me demoro en lo cristalino
de la ferocidad.
Prefiero el flagelo de los impactos fugaces,
esas pequeñas muertes poco placenteras
que tener que lidiar con la pasividad de la vida
y con cada una de sus ausencias.

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