La vida hace lo que quiere

La vida hace lo que quiere con nosotrxs”, escuché la otra vez en la radio. Y se me dispararon veinte pensamientos, cien imágenes, doscientos recuerdos, todos los tiempos pasados en un mismo momento, yendo y viniendo, dibujando este presente y, quién sabe, tal vez lo que vendrá.

Veranos enteros en su casa; esa contracción fuerte en el estómago cada domingo por la noche al partir y tener que dejarla sola; saber que si nos portábamos mal, el castigo era no ir el próximo finde a visitarla; enero en Mar de Ajo, caminatas mañaneras por la orilla que terminaban siempre en la panadería, saltar las olas, caernos, reírnos, aprender a respetar al mar pero también aprender a alejarnos para extrañarlo y tener ganas de volver; las galletitas con picadillo, el flan casero, el palito bombón helado.

Jornadas enteras en el hospital; los apretones de mano; dejar atrás a los fantasmas, al Cuco y al “Hombre de la Bolsa” y empezar a tener miedo de verdad; abrazos sin palabras, los verdaderos que no necesitan nada más que ese estrujón largo y cálido; juntar monedas para ir por un panchito con papas; imaginar mundos paralelos del otro lado de la ventana empañada del colectivo con ella al lado; despertar al día siguiente con ansias de una nueva aventura.

Contarle de Fulanito y Menganito y, bueno, también de Zutanito; compartir mates dulces dulces como su sonrisa un tanto vergonzosa que suele ocultar inconscientemente cabizbaja y dedicar a las baldosas; una cumbia o un rock sonando de fondo; la tv chismoséandole a la nada misma sin captar nuestra atención; brindar con una birra helada; el Fernecito de sus tierras que sigue sin probar y el único capricho al que se nos sigue negando de manera rotunda; celebrar con pitos y matracas la llegada de sus 80; distanciarnos por semanas, meses, por un virus hijo de la peor de las mierdas que llegó para quedarse…

El corazón acelerado; la respiración entrecortada; una llamada telefónica y el terror en su máxima expresión. Pocas veces tuve (tuvimos) tanto miedo en la vida como esa noche. Pocas veces tuve miedo de verdad pero siempre que lo sentí tenía que ver con ella(s).

La vida hace lo que quiere con nosotrxs” es una conjetura que no necesita investigación previa ni científicxs futurxs, no necesita de argumentos súper justificados ni entrevistas ni encuestas, no necesita una metodología específica ni números que lo ejemplifiquen; es una certeza tan injustamente efectiva que cae por su propio peso. La vida tira el ancla a la hora que mejor le convenga y sin advertencia; no nos llega ninguna notificación al cel ni suena una alarma. Se estaciona, baraja las cartas y cada quien a su suerte o a su ingenio.

No nos convertimos en las maestras que soñábamos ser cuando jugábamos en nuestro cuartito de su casa con todos nuestros peluches y muñecas; no fuimos las cantantes a dúo que le hacían tributo en Navidad o Año Nuevo a Thalía, Marcela Morelo o Shakira; no fuimos profesoras de danza clásica ni bailarinas profesionales de tango. Agarramos las cartas que la vida nos repartió y movimos nuestras fichas de la forma más astuta que pudimos. Y de eso estoy segura, hicimos y dimos siempre lo mejor que teníamos.

Como ella.

La vida no fue amable. De hecho, se la complicó bastante. Pero cada vez que tocó una mala mano se las rebuscó para poner las cartas a su favor. Y aunque ahora sabemos cómo hacer Chinchón o romperla en la Escoba de 15, el aprendizaje más importante y valioso que nos dio es el de volver a levantarnos, tatuarnos una sonrisa en la jeta y volver a intentarlo. Seguir. Siempre seguir porque todo pasa y todo vuelve a empezar.

Hoy el mundo pende de un hilo mucho más delgado que el que usa para emparchar esa frazada maltratada por los años. Todo se volvió frágil e irremplazable. Está difícil el juego y para colmo hace rato no sale ni un solo comodín. Todo es duda, decepción, bronca, contradicción, angustia, temor, todo se agrietó en tamaños insospechados y nosotrxs en el medio del caos aprendiendo a ser equilibristas para no caernos y hacernos polvo contra el pavimento. Y aunque la memoria últimamente falla más de lo que nos gustaría y muchas veces no sabe en qué día estamos paradxs, contamos con el aval de su sonrisa tímida que busca estrellarse con el suelo; con las historias descabelladas que fantasea su cabezita distraída; con los mates ahora un poco más amargos y con las carcajadas que todavía nos mantienen en pie mientras haya otra ronda para jugar, hasta que la vida diga ¡basta!, hasta que la vida quiera.

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