Sobre la mesa

El caminito norteño y los individuales azules,
el café espumoso y el mate amargo,
las tostadas quemadas y el queso untable,
el dulce de arándanos y el de durazno,
el jugo de naranja exprimido y la botellita de agua,
el chocolate con maní y el de frutilla.

Tell me baby de los Red Hot de fondo y la anécdota en Cusco,
reírnos de su remera japonesa y mis ojos chinos chinos por la mañana,
poner un episodio random de la primera serie que vimos juntos,
sacar las cartas y repasar las reglas del truco,
colgarme otra vez en la foto que tiene sobre el escritorio con sus hermanos en la bombonera
y también en la que mide 90 cm y está comiendo una medialuna de manteca mirando enamorado a su abuela.

Mirarnos en silencio,
una caricia en mi pierna izquierda distraída,
unas palmaditas en su espalda cargadas de gratitud,
un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas,
el deseo imposible de detener para siempre las agujas del reloj en ese domingo,
dar una vuelta por el barrio pintado de otoño,
soltarnos las manos al llegar a la esquina,
doblar sola en la próxima avenida
y no volver a mirar atrás.

Pusimos todo sobre la mesa de nuestro último desayuno.
Todo.
Excepto los motivos de la despedida.

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