Sangrar

Me corté el dedo.
No fue un gran tajo
pero sangró.
Sangró mucho.
Lo puse bajo el agua
y sólo obtuve más ardor.
Apreté la herida con una gasa
y la hemorragia se detuvo,
sin embargo al quitarla
el líquido brotó con más fuerza.
Me puse una curita
que se arruinó al cabo de dos minutos
por la presión del flujo.

Me rendí.

Dejé que la sangre emane
hasta que alcance la coagulación.
Le di tiempo a la herida para que sane
por sí misma.
Y mientras mi dedo
goteaba sin parar en el lavado
pensaba
que este mismo proceso
siguen cada uno de nuestros dolores.
Duelen, arden y sangran un montón,
parece que ese líquido espeso
con olor a desdicha
no se va a detener jamás.
No querés pensarlo,
no querés ni tocarlo.
Y, de repente, cuando nos olvidamos de mirar la herida
sólo queda de ella una cicatriz
que molestará de vez en cuando
aunque ya no sangrará.
Con el tiempo se irá haciendo imperceptible
hasta cerrarse por completo,
hasta desaparecer.

Hasta convertirse en un recuerdo pasajero,
de esos que sólo te asaltan para evitar
que repitamos el error
y volvamos a sangrar.

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