Tú la llevas

Le dije que sí,
a todo,
a cada sugerencia
a cada idea descabellada,
a cada duda,
a cada demanda.
Le dije que sí
y salió corriendo.

Corrió despavorido como un nene
que juega a la mancha
y desea que no lo atrapen jamás.

Qué injusta me pareció su contradicción.
Me arrojé de todos los abismos
sin pensar en las consecuencias,
lo seguí hasta donde pude.
Quería que se dejara alcanzar.

Ahora entiendo que siempre se trató de él,
de su complejo caprichoso de inimputabilidad.
Quería demostrarse a sí mismo
que esta partida también la podía ganar.

Pero perdió.
Perdimos.
Él corrió mucho más lejos
de donde sus piernas llegaron;
yo abandoné el juego luego de tres intentos
porque, se supone, la tercera era la vencida,
y tampoco se detuvo a mirar atrás.

Salió corriendo en dirección opuesta
a todo lo que deseaba
por temor a enfrentarse con lo real,
por su obstinado vicio de querer controlar cada detalle,
por el pánico irrefrenable que se apodera de él
cuando lo empiezan
a querer.

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